Ceiba pentandra

Un mes de enero, mi esposa Esthela Calderón y yo llevamos en secreto hojas de Ceiba (así como de Cacao y Copal) envueltas en toallas de papel húmedas y selladas en bolsas de plástico a través de las fronteras desde nuestra finca ancestral en Pueblo Redondo (Telica), Nicaragua, hasta el áspero invierno de Canton, Nueva York y el microscopio confocal de la Universidad de St. Lawrence, donde Jill Pflugheber estaba lista para preparar las diapositivas. Todos nos quedamos extasiados con las formas botánicas (en particular los estomas y los tricomas), los colores, las yuxtaposiciones y el evidente poder de este imponente árbol, en absoluto disminuido por el microscopio y el zumbido de la corriente eléctrica. La Ceiba es un emblema sagrado de protección, Axis Mundi, unificador de la tierra y el cielo, revelado por fin en estas imágenes.

Nadie ha escrito un retrato etnobotánico más belloo de una Ceiba que el poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), mi mentor literario durante décadas. El poema es uno de mis favoritos de Cuadra, y procede del extraordinario Siete árboles contra el atardecer (1980). Son poemas etnobotánicos muy recomendables. He aquí un fragmento de «La Ceiba»:

«Allí donde nace este Árbol es el centro del mundo.

Lo que tú ves desde su copa es lo que tu corazón anhela.

Éste es el árbol que amorosamente sienta tu infancia en sus rodillas.

Con el algodón liviano y sedoso de su fruto tu pueblo fabricó sus almohadas

donde reclina su descanso y elabora sus sueños.

Si suben a este árbol, la serpiente se hace pájaro

y la palabra, canto.

Ésta es la Madre Ceiba en cuyo tronco hinchado

tu pueblo veneró la preñez y la fertilidad.

De su madera blanca y fácil de labrar

tu pueblo construyó una embarcación de una sola pieza

y esa embarcación es su cuna cuando inicia su ruta

y es su féretro cuando llega a puerto.

De este árbol aprendió el hombre la misericordia y la arquitectura,

la dádiva y el orden».

Escribiendo sobre el chamanismo del Alto Amazonas en Perú, Françoise Barbira Freedman dice que el tabaco se ofrece como alimento propiciatorio a los espíritus-madre de ciertos árboles, en particular el árbol de la lupuna (Ceiba spp.): «Se sabe que la savia de la lupuna es, en efecto, venenosa además de psicoactiva». He escrito más sobre estas propiedades de la Ceiba en un breve ensayo que aparece en The Mind of Plants (Synergetic Press, 2021),

editado por Monica Gagliano, John C. Ryan y Patricia Vieira.

En un libro sobre las prácticas chamánicas de los yanomami, Bruce Albert y William Milliken afirman que los curanderos indígenas utilizan las «imágenes» de los árboles más grandes de la selva amazónica, como la Ceiba, para ahuyentar a los espíritus malignos que causan enfermedades. ¿Y si estas poderosas imágenes confocales pudieran servir para el mismo propósito?

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