Ben Kamm
La microscopía confocal es una herramienta para la exploración botánica del mismo modo que el telescopio espacial Hubble, o el más reciente JWST, lo son para la astronomía. Estas «asombrosas revelaciones de belleza oculta» nos exaltan y vitalizan con «exclamaciones de arrobamiento». Se trata de un trabajo de frontera, nuestro primer atisbo estático de la interioridad fitogénica, una faceta inquietantemente familiar y a la vez totalmente ajena de nuestro propio mundo.
Como botanófilo, he estado muy pendiente de las plantas la mayor parte de mi vida -y por extensión ecológica de los paisajes, la biota y las personas en toda su miríada de relaciones. Mi ojo de observador-científico empieza inmediatamente a buscar patrones en las formas primigenias y los paisajes de otro mundo de Microcosmos. ¿Podría esto ofrecer un nuevo panorama para la comprensión taxonómica y la clasificación? Tal vez, pero las luminosas imágenes también evocan un asombro infantil, haciéndome reír de mi extraña propensión simiesca a augurar y ordenar el despliegue evolutivo de la vida.
Las imágenes que se hacen visibles a través de la microscopía confocal nos parecen más geografía exótica que fitomorfología, afirmando la naturaleza de la realidad conocida desde hace tiempo por el folclore: que «cuanto más te adentras, más grande se hace». A mi corazón de niño juguetón le gustaría suponer que vemos los paisajes que recorre la «gente pequeña», aquellos que mis antepasados cheroquis llamaban los Nunne’hi, mis antepasados gaélicos los Sidhe, mis antepasadas celtas las Fay.
Contemplar estas imágenes «asombrosas y sorprendentemente nuevas» también nos trae a la memoria a aquellos primeros, posiblemente míticos, curanderos pioneros que respondieron por primera vez a la llamada de comunión de lo vegetal para descorrer los velos cotidianos de la percepción y atravesar ese extraño y maravilloso terreno liminal, donde todo el cosmos habla en un diálogo sensual. Al igual que los curanderos, Steve y Jill no son simples curiosos de estos fantasmales fitoespacios, sino que buscan recuperar nuestras almas descarriadas, restablecer un discurso armonioso con todas nuestras relaciones y devolver la curación a nuestras comunidades a través de su trabajo.
La tragedia y la inmensa vergüenza de nuestra actual cultura tecnofílica es su escandaloso analfabetismo ecológico, que revela un fracaso catastrófico de la imaginación dentro de la psique moderna. El gran arte, especialmente cuando nace del mundo vivo, tiene el potencial de despertarnos del letargo de la imaginación, rehidratar y vivificar el pensamiento disecado, inspirar nuevas vías de relacionalidad. Pensar y relacionarse ecológicamente de verdad exige una imaginación ágil: para comprometerse activamente con el mundo en toda su diversidad hay que tener la capacidad imaginativa expansiva de reconocer su complejidad. La imaginación es fundamental para la comprensión ecológica, para la empatía, para mantener relaciones significativas con los cohabitantes/co-creadores de nuestro planeta–la fauna, la flora y más allá. La extraña belleza de Microcosmos poliniza nuestra imaginación hacia la germinación de un hoy mejor y el cultivo de un futuro más fértil.
Microcosmos es una afirmación de lo sagrado, un homenaje de reciprocidad a las plantas y los pueblos de las Américas. Microcosmos es arte etnobotánico metamoderno, co-emergente a través de la santísima trinidad de plantas, humanos y tecnología–un paso adelante en el fomento de las relaciones humanas con la Vida en todo su derroche y fastuosa maravilla.
Ben Kamm, etnobotánico y horticultor conservacionista, fundador de Sacred Succulents (plantas y semillas beneficiosas, raras y en peligro de extinción, una compañía dedicada a la conservación de la biodiversidad resistente mediante la propagación, la difusión y la educación).
